REPUTACIÓN EMPRESARIAL

DSC01919
Conquistar las cimas son el reto de las empresas

REPUTACIÓN EMPRESARIAL

O el caso de la pirámide inversa

La respuesta a las necesidades de bienes y servicios que demandan las personas y sus organizaciones sociales y económicas ha de ser satisfecha por quienes sean capaces de organizar la oferta de dichos bienes y servicios de forma económica, eficiente y eficaz.

Es evidente que la organización de la oferta no la puede prestar con carácter general el Estado en sus múltiples formas de organización política. Se ha debatido mucho sobre la controversia entre iniciativa pública e iniciativa privada; incluso ha contribuido a formular extensas ideologías que pudieran respaldar científicamente esta cuestión, llegando a la confrontación en guerras que han causado enormes estragos, en su evolución más reciente.

Lo cierto es que la evolución de los sistemas económicos y políticos nos va mostrando que, como en otras muchas cosas, ha de existir un equilibrio entre las dos posiciones, que antes de ser antagónicas, deben colaborar e impulsar el desarrollo social y humano.

En su Teoría del desenvolvimiento económico, Joseph Shumpeter ya definía el empresario como aquella persona que tiene capacidad e iniciativa para proponer y realizar nuevas combinaciones de producción y dar con ello respuestas a las necesidades humanas.

El empresario cumple un fin social

Las necesidades de bienes y servicios que tienen las personas, las empresas y las entidades públicas, forman parte sustancial de la vida, por tanto su satisfacción en términos razonables de calidad, valor o precio, eficiencia, eficacia, es en sí misma una función social ya que desde que se inició el comercio con el trueque, el ser humano siempre ha necesitado funcionar de manera parecida. Es más, la aparición del estado moderno, solucionador de problemas, no deja de ser una invención cuyos orígenes está en el dominio de unos por otros a través de estructuras complejas que nada tienen que ver con dar respuestas reales a las necesidades.

El empresario, fruto de su iniciativa.

La palabra mágica es la iniciativa. Alguien tiene que tener la iniciativa para llevar a cabo un fin. La empresa como organización que ha de dar respuesta, depende en gran medida de la iniciativa de la o las personas que emprenden el camino. Muchas veces la iniciativa es simplemente una intuición, y el que la tiene se encuentra capaz de organizar los medios de producción para dar la respuesta, y llega el gran día. A partir de aquí todo lo que ha tenido de romántico, por el desafío que supone, pasa a ser el principio de un proceso largo y muy duro. Aunque la iniciativa sea la más acertada y triunfe el proceso está plagado de una alta carga de incertidumbre.

El empresario y la incertidumbre

El ser humano lucha por la seguridad de las cosas, constantemente piensa en la previsibilidad y en que lo que ha de acontecer sea cierto y esperable y, por tanto, se prepara para ello. Los que toman la iniciativa de crear empresas incorporan a sus vidas una gran dosis de un elemento que es contrario a lo cierto, a lo esperable. Es lo incierto, la incertidumbre.

La incertidumbre forja carácter ya que es preciso estar siempre preparado para dar respuesta en las mejores condiciones y, por ello, forma parte esencial de la empresa. Es el elemento menos deseado por los seres humanos: la falta de certeza de lo que va a suceder. Es verdad que la introducción de múltiples metodologías y técnicas que nos ha dado el avance científico social y económico, nos permite controlar de alguna manera esta bestia negra y tratar de reducir sus impactos negativos.

El empresario y el riesgo

La organización de los factores de producción para producir bienes y servicios con los que satisfacer las necesidades ya indicadas, exige un elemento más prosaico que los descritos, pero, sin él, aún no hemos aprendido a organizarnos. Se trata de la aportación previa de los recursos financieros necesarios para poder llevar a cabo las actividades que ha de realizar las empresas, lo que conocemos como capital. Este recurso da sentido a la iniciativa, perfecciona los objetivos que se pretenden, pero al estar sometido a la incertidumbre indicada, nos lleva a la aparición de un nuevo factor determinante, el riesgo. Es decir el riesgo de perder los recursos aportados, si las cosas no van bien, si la iniciativa es errónea, si no hemos calibrado bien la incertidumbre, si definitivamente nos hemos equivocado, perderemos lo que tenemos.

El empresario creador de riqueza

Si bien el concepto de riqueza es polisémico, cuando nos referimos a la creación de riqueza en las empresas, lo hacemos con una lógica creada por el propio sistema. El capital, necesita ser regenerado permanentemente y ampliado, con el fin intrínseco de incrementar el volumen del ente creado. Para lograrlo se ha desarrollado de forma natural un mecanismo por el que los bienes y servicios que han de ser vendidos, lo han de ser por un valor, superior al coste al que se han obtenido. Ese valor de venta está altamente vigilado, controlado, salvo anormalidades, por los compradores, quienes, buscando obtener lo mismo al mejor precio, provocan que las empresas oferentes estén permanentemente procurando ser cada vez más eficientes, competitivas, productivas, en definitiva menos costosas para generar la diferencia entre lo que se obtiene por la venta y lo que se ha gastado.

Esta diferencia, también llamada beneficio, es el elemento en discordia ya que son muchos los que pretender arrogarse como su propietario. Todos los desean: El Estado, con su poder, se lleva una parte sustantiva, la propia empresa necesita capitalizar parte de lo obtenido para garantizar la continuidad, la pervivencia de la empresa y su crecimiento; y finalmente el empresario se vería recompensado por sus aportaciones de recursos, iniciativa y riesgo de perderlo todo.

El empresario creador de puestos de trabajo

Pero no solamente crea riqueza la empresa y contribuye a su supervivencia y desarrollo sino que uno de los factores productivos determinantes en la historia de las empresas, es el trabajo. El trabajo es prestado por personas, de forma directa y efectiva, unos con un componente más físico, otros con un componente más intelectual y de conocimiento, pero en cualquier caso se necesita la aportación de lo que coloquialmente se denomina la mano de obra. Sin ella no se pueden producir los bienes y servicios que demanda la sociedad. Así, las iniciativas empresariales han de conjugar este factor para producir lo que hacen.

En la medida que las empresas están bien concebidas, bien estructuradas financieramente y acierten con su modelo de negocio, las empresas hacen una gran contribución al desarrollo humano. Contratan personas, que según sus habilidades, conocimientos, disponibilidad, compromiso, son retribuidas de una forma u otra. En cualquier caso esta retribución pasa a integrar inmediatamente la estructura de costes de obtención de los bienes y servicios que venimos indicando, por tanto pronto han de ser puestos en relación con el precio de venta que la empresa pretende obtener de su producción y finalmente aparece lo que podríamos llamar la tensión competitiva que perfecciona el sistema. No sin que existan muchos problemas y enfoques para dar con la mejor solución, que recompense proporcionalmente a todas las partes e intereses.

El empresario recaudador de impuestos

El Estado moderno ha visto el desarrollo de millones de empresas en el mundo y su capacidad organizativa, y que estas deberían estar a su servicio, para garantizar su propia pervivencia y también la respuesta sectorial que determinados servicios han de prestar. En el giro del tráfico mercantil y la contratación de personas a través de las empresas, el Estado ha encontrado una fórmula mágica al establecer un extenso y denso conjunto de obligaciones de recaudación y administración de impuestos que hace que la carga sea insoportable, sobre todo si tenemos en cuenta que el gran grueso de las empresas son pymes que carecen de capacidad económica para asumir costes estructurales de una cada vez más pesada carga administrativa, generada no solamente por el pago de los impuesto, sino también por la propia gestión de los mismos.

El empresario y el reconocimiento social

Demostrado que las empresas cumplen un fin social, son generadoras de riqueza y puestos de trabajo, así como que contribuyen a la sociedad en su conjunto como generadoras y recaudadoras de impuestos para el sostenimiento del Estado, debería ser un ente social con alto reconocimiento tanto de las personas como del propio Estado. La impresión es que el reconocimiento no pasa del mero formalismo y normas de protocolo y educación. Realmente la sociedad tiene una percepción muy sesgada de qué son y para qué sirven las empresas y por extensión los empresarios.

El empresario preocupado por las buenas prácticas y su reputación

En diversas formas de actuación las empresas responsables vienen trabajando en comunicar. Hacer ver a la sociedad su contribución al desarrollo es decisivo y la responsabilidad social está cada vez más presente en la gestión de las empresas. El compromiso con las buenas prácticas puede entenderse incluso desde un punto de vista egoísta. Las malas prácticas, el ventajismo y otras calamidades perjudican a la economía ya que hacen menos competitivos a los buenos a favor de los malos, de tal forma que empresas viables, solventes y responsables pierden competitividad cuando otras empresas realizan prácticas mercantiles ilícitas que las expulsan del mercado. Por ello, el avance de una economía desarrollada ha de premiar siempre el buen gobierno y las buenas prácticas.

El empresario, los medios de comunicación y la sociedad.

Como en cualquier otro colectivo humano, los hay buenos, malos y regulares. El colectivo de las empresas no tiene por qué escapar de esta categorización y además no ha habido la suficiente autocrítica para evidenciar y apartar públicamente a aquellos empresarios que no han tenido un adecuado comportamiento en sus prácticas empresariales. También la evolución de la forma de exponer los acontecimientos que tienen lugar en la sociedad y particularmente en una sociedad democrática, ha conllevado que los medios de comunicación, en su condición de empresas mediáticas, destaquen de forma reiterada las actuaciones inadecuadas de algunos, con métodos generalizadores que afectan de manera notoria la reputación reconocida por el público, de los empresarios y empresas en España.

El empresario y el futuro

El Círculo de Empresarios de Galicia que forma parte del grupo Economía y Sociedad, a la que pertenecen otras entidades similares de toda España, como el Cercle d´Economia de Mallorca, Círculo de Empresarios, Institución Futuro, Círculo de Empresarios Vascos, Asociación Valenciana de Empresarios, Círculo de Economía y Observatorio Económico de Andalucía han firmado el pasado 10 de febrero de 2014 en Palma de Mallorca una declaración conjunta titulada “Los ciudadanos valoran positivamente y confían en los empresarios”, en la que se propone a la sociedad actuar en varios frentes: en la educación, en las instituciones públicas, en los medios de comunicación y en las asociaciones empresarias, para concluir que “Finalmente somos los mismos empresarios los que debemos asumir nuestra propia responsabilidad en favorecer un mayor reconocimiento de nuestra función. Para ello, más que nunca, debemos contribuir a conformar una economía competitiva y una sociedad justa”.

Creo que es un buen colofón para este documento sobre la Reputación Empresarial. También lo sería el caso de la pirámide invertida en la que hemos convertido al empresario, poniendo sus hombros una carga que debería estar más repartida.