Ya han pasado más de 300 años desde que la economía artesanal ha quedado atrás y la humanidad se ha adaptado a la economía industrial.
La producción de bienes y servicios pasaron de ser realizadas a mano, a ser fabricadas por máquinas y nuevas tecnologías que permitieron la aparición de la producción en grandes cantidades.
Uno de los sectores económicos que se ha resistido al cambio, quizás por sus características propias es, salvando todas las distancias, la construcción.
La productividad es una razón matemática determinada por la fracción compuesta un numerador que son los bienes y servicios producidos y el denominador que está constituido por los recursos que se han de emplear para obtener lo producido. Estos recursos, son conceptualmente dos, el capital (maquinas) y el trabajo (mano de obra). En la medida que se incrementan las máquinas y se disminuye la mano de obra, la productividad se dispara, por eso, dado el peso de la mano de obra en producción de edificaciones, es muy difícil mejorar la productividad.
La aportación de la mano de obra directa en la construcción, es la que acerca esta industria a la artesanía y desde la revolución industrial, dicho en general, poco ha avanzado la productividad en esta industria, ahora agravada quizás, por la falta de interés de la población más joven para dedicarse profesionalmente a la albañilería y al resto de los oficios de la industria de la construcción. Se hace cada vez más necesario industrializar la construcción para mejorar la competitividad por vía de la mejora de la productividad.
Con el desarrollo de nuevos modelos de negocio que desagregan la cadena de valor de la industria de la construcción, en eslabones que, si bien son partes de la construcción, funcionan con sistemas propios de la economía industrial, simplemente con pensar en la industria del aluminio o el prefabricado de hormigón ya nos damos cuenta del cambio que ha supuesto.
Además de eslabones industrializados, en las últimas décadas se ha experimentado un gran avance tecnológico, nuevas metodologías, nuevos materiales, la digitalización de procesos y un largo etc. y ponen en evidencia que la construcción no puede quedarse atrás.
Conceptos como modularidad, pre-fabricación, automatización, digitalización, control completo de procesos, sostenibilidad ambiental, nuevos materiales, entre otros conforman lo que hemos venido conociendo como construcción industrializada.
Estoy seguro que muchos somos perfectamente conscientes de que la industrialización es un proceso imparable, pero que choca con la tradicional inflexibilidad hacia el cambio en la sistemática de la construcción de edificaciones.
Los edificios inicialmente han de responder a la creatividad de los arquitectos, a la idealización de los proyectos por parte de sus promotores, a las limitaciones físicas impuestas por el propio medio donde se ejecutan las obras, etc. por eso la estandarización no es precisamente bienvenida. No obstante, al final la economía ha de imponerse y por tanto es un requisito de supervivencia dar un salto cualitativo que creo que es en lo que estamos y que este evento de Metrocuadrado lo acredita.
La fuerza que a nivel internacional ha adquirido el Project Management, hace que el contratista general, esté en el centro del escenario. Venimos de un modelo donde la empresa constructora, por razones obvias de financiación y responsabilidad, es la que ha asumido tradicionalmente la totalidad del proyecto, aunando diferentes proveedores especializados para formar equipos completos que dan respuesta a las necesidades de los clientes tanto públicos, como privados, pero aportando soluciones predefinidas por los requerimientos de los proyectos que han de ser ejecutados, por tanto en la mayoría de los materiales y elementos parciales y completos que han de ser incorporados a la obra no son susceptibles, en general, de ser fabricados en fábricas.
El contratista general que tradicionalmente ha asumido la obra en su conjunto, ha tenido incluso que aportar soluciones financieras y aunque parcialmente se ha vuelto “epecista» (vulgarismo en el argot del sector) es decir que se ha creado un nuevo modelo constructivo denominado EPC (Engineering, Procurement & Construction), Ingeniería, aprovisionamiento y construcción, por la cual la constructora no solamente está desde el principio del proyecto sino que incluye la solución financiera, mantenimiento post construcción e incluso explotación, similar al régimen concesional. Obviamente cuanto más standard son los insumos, más económico será el proyecto.
La industria del automóvil es el ejemplo a seguir, son capaces de crear magia, producir miles de vehículos al día, con errores cero, en una sola fabrica. ¿Cómo lo consiguen? El fabricante en este caso, contratista general, ha conseguido vincular a la cadena productiva, a los proveedores, a los cuales desde el diseño del modelo que van a fabricar, vinculan en el primer momento y en todas las partes del proceso, de tal forma que bajo la metodología “just in time», son capaces de proveerse de las piezas de los vehículos, sin almacenes y con una eficiencia productiva muy competitiva, dado que son capaces de producir muchas unidades con alta eficiencia en costes.
Cambiar los procesos de fabricación de edificios con sus viviendas y oficinas, implicando a los proveedores nos es fácil, pero las experiencias industrializadas cada vez son mayores, pero nos falta una concepción más completa de la cadena de valor.
En la edificación de viviendas, los promotores y propietarios tanto públicos, como privados, asistidos por los técnicos, arquitectos e ingenieros, deben concebir los proyectos o al menos un gran numero de ellos, dando valor a la necesaria productividad económica, concibiendo los proyectos bajo estándares productivos que permitan a los fabricantes mejorar la previsibilidad comercial para apostar por la inversión tecnológica mejorando la calidad y la sostenibilidad.




